
Nunca me habían gustado esos garitos de pijos de Madrid, en ellos encontraba toda una fauna de pringados que conseguían revolver mi ulceroso estómago. Siempre los había evitado, pero en algún momento había que pagar el peaje de haberme enrollado con una niña bien, noctambula de la zona de Juan Bravo y alrededores y adicta a los tipos con pinta de duros entrados en la treintena como yo. Ese pedazo de cuerpo, aunque adornado con toda la pasta que no conseguía ganar en cinco meses, bien merecía algún que otro sacrificio como éste.
Las dos semanas que llevábamos liados las habíamos pasados encerrados o bien en la habitación de mi piso compartido en Malasaña o en su casa de las afueras. En el fondo no necesitaba compartir más con esa niña pija, tenía su cuerpo y con eso ya me bastaba. No la podía llevar a los cutres bares donde refugiaba mis noches hasta mediado de mes (sólo hasta mediados de mes porque mi trabajo de mierda no me daba para llegar a final de mes consumiendo cervezas y porros en esos antros que frecuentaba). No la llevaba conmigo, no porque ella no quisiera, sino que supongo que en el fondo me daba vergüenza entrar agarrado a un muestrario de las últimas tendencias en moda por muy buena que estuviese.
Esa noche me pilló en una más que palpable debilidad y consiguió convencerme para que fuéramos a ese garito. La excusa de que tocaban rock and roll en directo había terminado por convencerme, aunque siempre con la duda de que esta niña llamase rock and roll a los pringaos de “El canto del loco” o cualquier mariconada por el estilo.
Antes de salir de casa me dediqué a la más que grata tarea de anestesiar mi mente, unos litros de cerveza y un poquito de maría de mí propia cosecha al ritmo del “God save the Queen” irían facilitando la labor.
Llevábamos una hora en ese garito ambientado con fotos de viejas glorias de la música en las paredes junto con guitarras y bajos antiguos. Mi niña pija desaparecía de vez en cuando para saludar a compañeros suyos del hospital donde curraba. Yo, por supuesto, no había coincidido con ninguno de mis colegas de la fundición. Ella había estado hablando un rato con un tipo de pelo negro engominado que parecía un clon de Acebes el muy cabrón. “Loko, no te mosquees con los pijos, que bastante tienen con lo suyo”, me repetía para poder sobreponerme a tanto representante del éxito social y económico de este puto país.
Mi niña pija, volvió y me beso acelerada con aquellos labios que tenía el mismo poder de succión que el desagüe de una bañera, colocó su espalda contra mi pecho y terminamos de escuchar los últimos acordes del “Smoke on the water de Deep Purple” que versionaba el grupo que tocaba en el escenario.
El vocalista hizo un parón para presentar a una chica que iba a cantar un tema con ellos, Lu creo que se llamaba. Subió al escenario iluminada por el rojo y azul de los focos. No conseguía ver muy bien la imagen de aquella tía pero podía distinguir que no tenía nada que ver con la fauna de ese garito. Unos pantalones azules muy anchos, comprados en el rastro con casi toda seguridad, una camiseta de tirantes roja y su pelo adornado con unas rastas recientes.
Mi incipiente borrachera desapareció de golpe con los primeros acordes de una guitarra acompañados de unos golpes en la caja de la batería. Emoción acelerada con esos acordes que se ve aumentada con la voz de aquella tía: “¡Oh come on, come on, come on! Era una voz cargada de sensualidad, ronca, rota, que impregnaba cada estrofa en un torrente de susurros que golpeaban mis oídos. “Take it; take another little piece of my heart now, baby! Cada estrofa, cada frase de esa voz conseguía erizarme, me provocaba, estaba consiguiendo excitarme. Lu volcaba toda la fuerza de sus cuerdas vocales en la parte del estribillo con un “come on, come on”, que sonaba como una invitación al orgasmo. Yo acompañaba cada grito de came on, con golpes de mi paquete contra el culo de mi niña pija, como marcando la base acústica de la canción. El tema con aquella voz orgásmica había conseguido marcarme una erección más que aceptable. Ella se había dado cuenta y acercaba cada vez más su culo perfecto contra mi paquete.
Mis oídos embelesados con cada invitación al orgasmo y mi polla como una baqueta golpeando su culo como si el bombo de la batería se tratase. Un solo de guitarra electrizante electrocuta mi pelvis pegada a mi niña pija, agitándola de lado a lado. Una mezcla de una voz que te susurra en los oídos como si la estuvieras dando el mayor de los placeres, una guitarra que electrocuta todo el cuerpo y unos golpes de batería que suenan como tambores de guerra que marcan embestidas de mi cuerpo contra el suyo. Terminan el tema y sigo igual de acelerado. Susurro al oído de mi niña pija que nos vayamos a lo que ella acepta sin dudarlo.
Salimos del garito bien agarrados y besándonos sin parar, aún puedo escuchar esa voz rota dentro de mis oídos. Subimos a mi furgoneta, es tarde y las calles están vacías. Abro la guantera y saco un puñado de cd´s desordenados, busco entre ellos. Janis Joplin, éste es. Vuelve a sonar el tema, esta vez con menos calidad debido al cutre equipo de música de mi “California” del setenta y cinco. Con el primer come on mi miembro vuelve a la plenitud absoluta. Ahora con cada golpe de caja de la batería compruebo el poder succionador de su boca en mi polla. Se acelera al ritmo de la canción y yo ya no soy dueño de la situación. Con el golpe final de los platos de la batería termina la canción y yo también.
Un tema de Janis Joplin y mi niña pija, una combinación explosiva y sorprendente. Creo que la imagen del tipo cutre y la niña pija durará unas semanas más